La ciudad del pecado PDF Imprimir

En la ciudad de Puerto Príncipe, capital haitiana, el trajín se asemeja al de cualquier ciudad cosmopolita. Pero, a diferencia de las capitales del primer mundo, allí miles de personas viven sumidas en una pobreza extrema sin parangón en el continente. Luis Edo. Díaz / La Nación Costa Rica imágenes Reuters / fotogemeinschaft.de

 

Quien llega a Puerto Príncipe, la capital del pequeño país de Haití, podría pensar que ahí la vida no vale nada. Pero viendo más a fondo de lo que la vista puede mostrar y el ser humano soportar, es todo lo contrario...

En Puerto Príncipe la vida vale muchísimo, tanto así que todos sus ciudadanos hacen casi cualquier cosa con tal de ganarse el sustento

Ese puerto caribeño, donde la actividad marítima y comercial está prácticamente estancada a causa de su infraestructura obsoleta o casi inexistente, ha tenido que diversificarse internamente para poder mantenerse en pie.

Lo que hace unos años fuera un puerto con un tráfico comercial sostenido (con exportaciones de azúcar y café), es ahora una ciudad con miles de habitantes esparcidos por sus polvorientas calles, que vagan hacia donde los lleve su triste destino. Todos andan buscando un quehacer ocasional para conseguir los alimentos de la mesa familiar.

En Haiti la pobreza es mayúscula; extrema: es la más grave de América y una de las más acentuadas de todo el mundo.

A bordo de un automóvil (al turista no se le aconseja andar a pie por el centro de la cuidad) esa realidad es palpable. Es decir, no hacen falta estadísticas para corroborar datos de subdesarrollo y desempleo. Todo está a la vista.

El aeropuerto internacional Toussaint Louverture, a 10 kilómetros del centro de la capital, es la ventana de una escena que se repite cuadra tras cuadra en Puerto Príncipe: niños hambrientos topan a los recién llegados para aceptar cualquier cosa que el turista esté dispuesto a darles. Un simple dólar es siempre una buena ofrenda, pero la mayoría de ellos apenas reciben una sonrisa tímida de los turistas, que termina actuando como fugitivos en la terminal aérea.

La estadía en Puerto Príncipe es inclemente. De principio de año al día de hoy, el costo de la vida se ha incrementado un 40 por ciento y eso, por supuesto, hace que aumente el hambre. Y con el estómago vacío, muchos terminan cometiendo actos delictivos.

A pesar de todo, en Haití hay riqueza, pero la tienen unos pocos. Por eso, es común ver también un incesante tránsito de helicópteros y, aunque la mayoría son militares locales o flotillas de las Fuerzas de Paz y Humanitarias de la ONU, algunas aeronaves son el medio de transporte particular para adinerados que evitan poner sus pies sobre una ciudad en la que correrían un peligro inminente.

De vuelta a las calles desordenadas y multitudinarias de la capital, en ellas predominan las ventas ambulantes y la escena recrea un infinito mercado central donde cada 500 metros es posible ver militares fuertemente armados para combatir la criminalidad, también una de las más críticas de la región.

Por la noche, la vida ajetreada de las calles continúa: proliferan las “fogatas” para seguir las ventas ambulantes, mientras que se abren paso las candelas en las casas humildes y los callejones estrechos.

De mañana, se reproduce el panorama del día anterior. Gente ansiosa de alimentos baja de las colinas, las cuales lucen “desnudas” debido a la gran deforestación.

Puerto Príncipe carece por completo de un sistema de transporte público oficial… de modo que la gran flotilla de transporte para la ciudadanía está formada por camionetas (conocidas en la lengua local como taptaps ) y carros destartalados.

A los taptaps es usual verlos llenos, a reventar, con hasta casi 15 personas subidas en sus cajones.

En el caso de los taxis, en Puerto Príncipe cualquier persona que tenga un automóvil fácilmente se inmiscuirá en el sistema de transporte público.

Tampoco se conocen allá las “marías” o taxímetros y, ni los vehículos ni sus choferes están identificados. Las tarifas son muy altas: para los turistas alcanzan una cifra promedio de $60 (más de ¢25.000) en distancias bastante cortas.

En medio de todas estas aflicciones, fue un alivio que la capital haitiana no sufriera los embates directos de los huracanes Gustav e Ike , así como de la tormenta Hanna. ,

Es inimaginable lo que sería de Puerto Príncipe con una devastación como la que ocurrió en otras zonas del país como Gonaives (en el norte haitiano), una localidad mucho más pobre. Allí las inundaciones duraron semanas, acabaron con muchos cultivos y provocaron pérdidas por miles de millones de dólares.

 
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